miércoles, 26 de febrero de 2014

YPF, otro capítulo del Relato K.

En tiempos en que el ámbito político ha determinado que una de las mayores virtudes es la capacidad para "resistir un archivo", el ministro Axel Kicillof rankea cada vez más bajo. El anuncio sobre el pago de u$s5.000 millones a Repsol por indemnización tras la expropiación de YPF -más otros u$s1.000 millones en concepto de garantía- lo puso en una situación incómoda.
 
A todos les vino a la memoria el énfasis con el que el ministro había desestimado los reclamos de los españoles en aquellos días de 2012 en los que el país asistía a uno de los capítulos épicos del "relato". Y no había terminado la conferencia de prensa cuando en las redes sociales ya habían comenzado a circular las consabidas chicanas que recordaban cómo Kicillof, dos años atrás, hasta había puesto en duda que la Argentina tuviera que desembolsar un dólar como compensación.
 
Imposible evitar la tentación de comparar la cara de póker con la que el ministro anunció el acuerdo por YPF con aquel otro gesto altivo, desafiante y pleno de entusiasmo militante del 17 de abril de 2012. Ese día, llevando la voz cantante en el Congreso, criticó a "los tarados" que creían que el Estado debía indemnizar a esa empresa española que había "vaciado" YPF, comprometido el autoabastecimiento energético y dañado severamente el medio ambiente. Y no se privaba de palabras irónicas para Antonio Brufau, el CEO de Repsol que reclamaba un "justiprecio" por la expropiación.
 
Aquel discurso no fue, para Kicillof, uno más. Fue el que lo catapultó a la fama, el que lo llevó a las revistas internacionales que elogiaban su look juvenil, sus patillas rockeras, su desenfado y su camisa abierta sin corbata. Y fue, sobre todo, el discurso que encantó a Cristina Kirchner, quien luego festejó públicamente las ocurrencias de "Kichi", como la de calificar de "papagayos" a quienes osaran afirmar que el Gobierno tenía alguna responsabilidad por la crisis energética o que una expropiación de YPF traería consecuencias negativas.
 
La irrupción estelar de Kicillof fue lo que permitió que en el kirchnerismo se asentara la idea de que escribir la página épica de la "recuperación" de YPF podría salir casi gratis. Es que los datos provistos por el "joven" funcionario luego de su tarea como interventor en la petrolera dieron como conclusión que el pasivo financiero que habían dejado los españoles como herencia ascendía a u$s9.000 millones, más otro "pasivo ambiental" que algunos voceros oficiales llegaron a valuar en u$s6.000 millones. En ese momento el valor de mercado de YPF era de u$s11.000 millones. Era esta situación la que llevaba a Kicillof a comparar a YPF con Aerolíneas Argentinas, una empresa por la cual el Estado tuvo que pagar simbólicamente un peso, porque a pesar de que los anteriores dueños españoles reclamaban u$s1.000 millones, el tribunal de tasaciones determinó que tenía un valor negativo.
 
Sin embargo, las chicanas y los recordatorios de éste y otros cambios de parecer de Kicillof no necesariamente deben ser interpretados como un rasgo negativo en la carrera del estresado ministro. Más bien, al contrario, pueden verse como una saludable dosis de pragmatismo y realismo en alguien a quien se ha caricaturizado frecuentemente como un funcionario dominado por las anteojeras ideológicas. Así como en otros momentos terminó aceptando que el atraso cambiario perjudicaba a los exportadores, o que una suba de tasas de interés era una medicina amarga a soportar en un momento de inflación y corrida cambiaria, también en esta ocasión Kicillof demuestra tener una "cintura" tal vez mayor a la que sus críticos suponían.
 
El acercamiento con Repsol trasciende largamente el conflicto con la empresa, sino que atañe a toda la política energética, y el hecho de que se haya acordado un pago es un reconocimiento tácito de que la estrategia de la confrontación sólo traería mayores problemas para el país. De la misma forma que el sinceramiento de la inflación era el paso obligado para la normalización de las relaciones con el FMI y el mercado internacional de crédito, el fin de la hostilidad con la petrolera española constituía un requisito sine qua non para que YPF pudiera aspirar a asociarse con los peso-pesados del negocio.
Es probable que en el kirchnerismo haya nostalgia, pero no arrepentimientos. A fin de cuentas, la nacionalización de YPF fue una jugada que dio grandes réditos políticos al Gobierno. Las encuestas mostraban en su momento un contundente apoyo del 85% de la opinión pública a la medida. Por otra parte, implicaba un shock en un momento en que el Ejecutivo venía golpeado por una sucesión de hechos negativos, como la tragedia de Once, el affaire Boudou y las primeras señales de agotamiento del modelo económico. Y, sobre todo, supuso una gran victoria en la "batalla cultural", porque la jugada del Gobierno transformaba la situación energética en un planteo maximalista: o se estaba a favor de "recuperar" YPF o se avalaba que el petróleo argentino siguiera en manos de una empresa española que vació el país de reservas y dólares.
 
En aquel momento, Ricardo Forster, uno de los principales referentes de Carta Abierta, aludía al acierto oficialista al utilizar un lenguaje simple y directo, que asociaba los conceptos de autoabastecimiento energético con el objetivo de la "inclusión social". Tras celebrar la recuperación al lenguaje político de términos como "expropiación" ("una palabra cara a los intereses populares"), destacaba que la reestatización de YPF se ubicaba en línea con la supresión de las AFJP y la captación de dólares del Banco Central para la política de desendeudamiento.
 
Pero claro, había una pregunta que, aunque en ese momento figuraba en un segundo plano, se transformaría rápidamente en la cuestión fundamental. Y no se trataba de cómo resolver el conflicto con Repsol, ni de cuál debía ser el porcentaje accionario estatal, sino de algo mucho más de fondo: ¿quién pondría los u$s30.000 millones que harían falta para explotar Vaca Muerta y torcer la tendencia decreciente de la producción petrolera? Esa pregunta fue la que dio inicio al proceso que culminó con el espectacular "giro pragmático" de Kicillof. A los pocos días de pasada la euforia por la nacionalización, Cristina Kirchner entendió que estar parada encima del segundo mayor yacimiento de shale gas del mundo no significa tener los recursos para explotarlo. A partir de allí, la Presidenta comenzó a aleccionar a sus seguidores sobre la necesidad de dejar de lado los prejuicios y amigarse con Chevron, con Exxon, con la petrolera rusa y con la china, o con cualquiera dispuesta a invertir, aun cuando los contratos supusieran condiciones que harían parecer a los "malos" de Repsol como unos benefactores de la Argentina.
 
El acuerdo firmado con Repsol va en esta línea. A fin de cuentas, el tema más importante anunciado por el ministro no fue la cifra de la compensación, sino el hecho de que la firma española terminará con las hostilidades en los tribunales internacionales. Esto implica que ya no habrá riesgo de embargos, juicios o complicaciones legales para quienes quieran asociarse en Vaca Muerta.
 
Kicillof  puede que "no resista un archivo", pero nadie podrá ya acusarlo de inflexible o de no tener una visión pragmática. Para los amantes de las chicanas, sólo resta el dato morboso de saber si será Brufau en persona quien vendrá a estrechar la mano del ministro que lo denostó en días más felices. Pero para el Gobierno, lo que queda en claro es que sigue fiel a su instinto de supervivencia. Puede llegar hasta el borde del precipicio, pero no salta. Es más, puede dar una vuelta de 180 grados y, al mismo tiempo, argumentar que es por el bien del "proyecto nacional y popular".
 
Gracias por visitar...volvé pronto!!!!

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